Un cabello negro con flequillo enmarca su cara almendrada y
oculta su ya habitual ceño fruncido.
Sus pequeños ojos negros no
miran, acechan. Por no hablar de su nariz, siempre arrugada como si un hedor
insoportable invadiera la
habitación. Cuando habla, el lado
izquierdo del labio superior se eleva ligeramente mostrando una mueca altanera.
También sé cómo son sus conversaciones. Tiene ese tono dominante y seco de
general de ejército americano. A pesar de todo me gusta charlar con ella,
siempre contesta de forma inesperada e insolente pero, además, sabe
escuchar. Así que sin más me expongo a sus afiladas palabras, aunque, para ser sincera, temo mucho más a ese
desgarrador silencio suyo:
-¿Has perdido el bus?
–le susurro para no interrumpir la clase.
- ¿Qué dices?- regaña con soniquete grosero.
- Que si perdiste el bus – insisto temiéndome lo peor.
- ¿Por qué me preguntas eso?- otra vez el retintín- ¿Eres
tonta? No, no he perdido el bus.
- Has llegado tarde – le aclaro. Y ahí viene ese estrepitoso
silencio, más que incómodo, irritante.
Tras unos cuantos segundos por fin habla:
- Ya sé que he llegado tarde, me he dado cuenta, genio. Lo
que pasa es que no perdí el bus, me quedé dormida – una sonrisa sesgada y pícara se le enciende
– Hubo fiesta ayer. ¿Tú qué tal?
Enmudezco. Comprendo entonces el porqué de su cara fatigada,
su antifaz de mapache y ese humor de resaca más amargo que al que me tiene
acostumbrada.
Dan las once y el profesor nos concede un descanso. Ella me regala una sonrisa amable, pero
cansada, y se levanta:
-Bueno, ¿vienes o qué?
-Voy.
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