martes 10 de enero de 2012

Rumbo a ninguna parte

Llevaba días vagando por las calles con el viento propio del mes de octubre. La humedad del aire y del suelo la habían empapado por completo.
Ella descansaba en el bordillo de la acera, justo encima de un charco que surgía como una fuente de la boca de alcantarilla cegada, mientras los ámbares de las farolas perfilaban los adoquines mojados.
A lo lejos maullaba un gato negro. La calle, desierta, olía a tierra y lluvia. Olía a barro.

Poco importaban aquellos niños uniformados que ayer jugaban con ella en el jardín del parque, o el señor que desde el banco de enfrente, con la mandíbula y boina torcidas, echaba de comer a los patos el pan duro del día anterior. Eso ya daba igual, estaba sola.
Recordaba en qué momento la soledad pasó de ser una palabra más, cuyo significado no tenía demasiado claro, a un hecho. Recordaba esas tardes calurosas de agosto tomando el sol con sus hermanas, en las que, muy de vez en cuando, se levantaba una ligera brisa. Sin embargo, todo esto resultaba ahora lejano.
Había pasado algún tiempo desde su primer viaje.  Estaba sola e inmóvil en el suelo embarrado sin esperanzas ni fuerzas para retomar la huida.

De repente, con un pequeño impulso, el caprichoso viento consiguió elevarla de nuevo y  la empujó hacia la carretera sin que pudiera evitar el parabrisas del coche que se acercaba.
Tras una o dos cabriolas, volvió a encontrarse en la acera. Mustia, arrugada y lejos del árbol que la había visto nacer.

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