lunes 23 de enero de 2012

Y fueron felices, y calcularon generatrices.


Veraneaba una derivada enésima en un pequeño chalet situado en la recta del infinito del plano de Gauss, cuando conoció a un arcotangente simpatiquísimo y de espléndida representación gráfica, que además pertenecía a una de las mejores familias trigonométricas.
Enseguida notaron que tenían propiedades comunes.
Se dieron cuenta de que convergían hacia límites cuya diferencia era tan pequeña como se quisiera. Había nacido un romance. Acaramelados en un entorno de radio épsilon, se dijeron mil teoremas de amor. 
- ¿No sientes calor? - dijo ella
- Yo si. ¿Y tú?
- Yo también.
- Ponte en forma canónica, estarás mas cómoda.
Entonces él le fue quitando constantes. Después de artificiosas operaciones la puso en paramétricas racionales...
- ¿Qué haces? -dijo ella.  
Él acarició sus máximos y sus mínimos y ella se sintió descomponer en fracciones.
- Me da vergüenza...  
- ¡Te quiero, estoy inverso por ti! Déjame besarte la ordenada en el origen. Ven, dividamos por un momento la nomenclatura ordinaria y tendámos juntos hacia el infinito...

sábado 21 de enero de 2012

Humor gallego

-Merci beaucoup.
-E ti boas tetas.

La corta y nada intensa vida de un pez de colores



Al desenvolver su regalo se encontró una bolsa con un pez naranja. Le puso por nombre Chris Mas, sin importarle lo más mínimo el orgullo de su nueva mascota.

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Al día siguiente, Verónica compró un arsenal de cacharros y frasquitos llevada por la ilusión de una primeriza, pero el pez, desagradecido, ni comía ni nadaba.

El 4 de enero Chris Mas fallecía a la temprana y tierna edad de 72 horas. Consternada por lo sucedido, Vero decidió devolverlo a su hogar: el océano. El pequeño fue tragado por el retrete, no sin antes restregarse por sus frías paredes de cerámica.

En menos de cuatro días Verónica no sólo le había arrebatado la vida al pez, sino también su dignidad.

miércoles 11 de enero de 2012

De amores imposibles

"Ya me había dicho mi madre que no me fiara de las personas con los labios finos, pero es deber de uno el hacer caso omiso a las madres para otorgarles el derecho natural de recriminar que no hayamos atendido a sus consejos.
Según mi madre, las personas de labios delgados mienten mucho. Para mi ella era sólo una chica a la que se le veían las costillas cuando se tumbaba boca arriba. Tardó días en decirme su nombre. Habría preferido que fuera muda, o sorda. Cuando te das cuenta de que la persona de la que estás enamorado está muerta te mueres tu detrás."
(Fragmento de un texto escrito por mi prima Eva)







martes 10 de enero de 2012

Rumbo a ninguna parte

Llevaba días vagando por las calles con el viento propio del mes de octubre. La humedad del aire y del suelo la habían empapado por completo.
Ella descansaba en el bordillo de la acera, justo encima de un charco que surgía como una fuente de la boca de alcantarilla cegada, mientras los ámbares de las farolas perfilaban los adoquines mojados.
A lo lejos maullaba un gato negro. La calle, desierta, olía a tierra y lluvia. Olía a barro.

Poco importaban aquellos niños uniformados que ayer jugaban con ella en el jardín del parque, o el señor que desde el banco de enfrente, con la mandíbula y boina torcidas, echaba de comer a los patos el pan duro del día anterior. Eso ya daba igual, estaba sola.
Recordaba en qué momento la soledad pasó de ser una palabra más, cuyo significado no tenía demasiado claro, a un hecho. Recordaba esas tardes calurosas de agosto tomando el sol con sus hermanas, en las que, muy de vez en cuando, se levantaba una ligera brisa. Sin embargo, todo esto resultaba ahora lejano.
Había pasado algún tiempo desde su primer viaje.  Estaba sola e inmóvil en el suelo embarrado sin esperanzas ni fuerzas para retomar la huida.

De repente, con un pequeño impulso, el caprichoso viento consiguió elevarla de nuevo y  la empujó hacia la carretera sin que pudiera evitar el parabrisas del coche que se acercaba.
Tras una o dos cabriolas, volvió a encontrarse en la acera. Mustia, arrugada y lejos del árbol que la había visto nacer.

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lunes 9 de enero de 2012

Sara


Un cabello negro con flequillo enmarca su cara almendrada y oculta su ya habitual ceño fruncido.  Sus  pequeños ojos negros no miran, acechan. Por no hablar de su nariz, siempre arrugada como si un hedor insoportable invadiera  la habitación.  Cuando habla, el lado izquierdo del labio superior se eleva ligeramente mostrando una mueca altanera.

También sé cómo son sus conversaciones. Tiene ese tono dominante y seco de general de ejército americano. A pesar de todo me gusta charlar con ella, siempre contesta de forma inesperada e insolente pero, además, sabe escuchar. Así que sin más me expongo a sus afiladas palabras, aunque,  para ser sincera, temo mucho más a ese desgarrador silencio suyo:

-¿Has perdido el bus?  –le susurro para no interrumpir la clase.

- ¿Qué dices?- regaña con soniquete grosero.

- Que si perdiste el bus – insisto temiéndome lo peor.

- ¿Por qué me preguntas eso?- otra vez el retintín- ¿Eres tonta? No, no he perdido el bus.

- Has llegado tarde – le aclaro. Y ahí viene ese estrepitoso silencio,  más que incómodo, irritante. Tras unos cuantos segundos por fin habla:

- Ya sé que he llegado tarde, me he dado cuenta, genio. Lo que pasa es que no perdí el bus, me quedé dormida  – una sonrisa sesgada y pícara se le enciende – Hubo fiesta ayer. ¿Tú qué tal?

Enmudezco. Comprendo entonces el porqué de su cara fatigada, su antifaz de mapache y ese humor de resaca más amargo que al que me tiene acostumbrada.

Dan las once y el profesor nos concede un descanso.  Ella me regala una sonrisa amable, pero cansada, y se levanta:

-Bueno, ¿vienes o qué?

-Voy.

sábado 15 de octubre de 2011

Octubre azul, seamos pesimistas

A mi padre le gusta que el otoño sea otoñal. También le gustan los inviernos fríos, los veranos azules y las primaveras floridas.
Hoy sería una tarde veraniega de no ser porque nos encontramos a 15 de octubre y eso sí que no le gusta nada a mi padre. La carretera de Cedeira se fundía bajo los neumáticos del coche:
-¡Qué bonito debe de ser esto en otoño!-exclamé mirando el frondoso paisaje a través de la ventanilla del coche.
- Ya estamos en otoño- me corrigió con tono molesto- Hace demasiado calor, no me gusta.
- Pues si ya es otoño... todos estos árboles deben de ser de hoja perenne- añadí.
- No lo son. Los árboles aún no saben que es otoño, por eso no perdieron sus hojas. El tiempo nos engaña y no me gusta.
- Pues yo creo que es bonito cómo el sol ilumina los árboles.
- Sí, pero en verano. En otoño el sol alumbra distinto. Mira, yo sé como es el tiempo aquí. Este año hemos tenido un verano horrible y ahora tenemos un otoño veraniego- me explicaba mientras ponía el disco de The dark side of the moon.
- Dicen que hay sequía, que los pantanos están secos. Aunque al parecer la próxima semana lloverá- contesté mirando al cielo.
- Pues hoy, lo que parece, es que no va a volver a llover... Nunca más.


martes 19 de abril de 2011

Poema de no amor

Ojalá florezca en mí la primavera
y marche de una vez el frío invierno,
que amarte es lo que yo más quisiera
y aún queriendo quererte, no te quiero.

sábado 11 de septiembre de 2010

Recuerdo de María A.



Fue un día del azul septiembre cuando,
bajo la sombra de un ciruelo joven,
tuve a mi pálido amor entre los brazos,
como se tiene a un sueño calmo y dulce.
Y en el hermoso cielo de verano,
sobre nosotros, contemplé una nube.
Era una nube altísima, muy blanca.

Cuando volví a mirarla, ya no estaba.

Pasaron, desde entonces, muchas lunas
navegando despacio por el cielo.
A los ciruelos les llegó la tala.
Me preguntas: «¿Qué fue de aquel amor?»
Debo decirte que ya no lo recuerdo,
y, sin embargo, entiendo lo que dices.
Pero ya no me acuerdo de su cara
y sólo sé que, un día, la besé.

Y hasta el beso lo habría ya olvidado
de no haber sido por aquella nube.
No la he olvidado.
No la olvidaré.
Era muy blanca y alta, y descendía.

Acaso aún florezcan los ciruelos
y mi amor tenga ahora siete hijos.
Pero la nube sólo floreció un instante.
Cuando volví a mirar, ya se había hecho viento.


Bertolt Brecht

jueves 8 de julio de 2010

Calidoscopio infantil


Calidoscopio infantil.
Una damita, al piano.
Do, re mi.
Otra se pinta al espejo
los labios de colorín.

Antonio Machado